Con la premura del pan reciente acabado de salir del horno ahí va este poema aún caliente y sin miedo a los paladares o al hartazgo y la falta de hambre de poesía.
El día uno de agosto,
cuando el calor espera su tormenta de ocio,
cada cual en su recta acelerando siempre un verano que arde
entre escombros varados a la orilla de julio.
Es su letra primera, como abecedario que nos abre la
puerta de ingresar experiencias,
de rotular palabras e imprimir sentimientos.
A primeros de agosto,
otra vez arrancamos del calendario un mes,
recogemos un trozo de lo que seremos para siempre y por
siempre,
aunque el olvido anegue con su lluvia y su barro un
retal de la vida donde la luz estuvo.
Enterramos las huellas para el que llega luego a cantar
las cenizas
de ese fuego que arde sin detener sus llamas,
atravesamos el cristal
azul día en que reluce horas para
el hambre de ser.
Siguen sombras
perfilando calles transparentes de noche
y de paz.
Veremos los trigos cercenados por manos que preñaron la
tierra para ser la justicia del hambre,
almonedas en labios de palabras serenas.
Este uno de agosto de cuchillo naranja va sajando
horizontes,
sangra las horas
de vertebrar la vida con pan antiguo de luna y sol.
Asomado a su balcón
se amasa este fruto divino de luz y rejas inasibles,
huidizas.
Cazadores los ojos buscan eras vacías de siglos.
Crecen pinos y robles, sestean en sus ramas las aves cantoras.
Esta es la luz que llega como si fuera nueva.
Este es el aire puro reciclado en suspiros.
Tanto amor a la tierra para ser su cosecha.
Esta es la piedra táctil, cita de algún nombre
inexperto.
Es la herrumbre ante brillos que aflora un verano,
fechas como hojas cayendo del árbol del bien y del mal.
Navasfrías
uno de agosto de 2013 Tomás Acosta Píriz
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